Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo» (Mt 15, 22).

Mi hija estuvo poseída por un espíritu impuro durante mucho tiempo. Yo sufría lo indecible. Había perdido su sonrisa. Dejó de cantar, dejó de bailar y dejó de ser la alegría de la casa. Lo de menos es que nos hacía la vida imposible: para eso estamos los padres, pero verla sufrir así era superior a mis fuerzas.

Estaba desesperada

Yo no creo en el Dios de los judíos. Tengo mis propias divinidades pero en estos casos no sirven para nada. Los pobres estamos solos y nos cuidamos nosotros mismos. No puedes esperar a que nadie venga a hacer algo por ti. Pero yo había hecho de todo. Había hablado con brujos, curanderos, encantadores y sacerdotes de las divinidades. Nadie podía. Si el cariño de una madre tiene límites yo había llegado hasta la frontera. Estaba desesperada. Todo el rato me preguntaba qué había hecho mal. Me perseguía la culpa por cómo sufría mi hija.

Un día oí hablar de Jesús, un judío que era maestro y que hacía milagros. Incluso decían que sanaba y expulsaba espíritus. No quise hacerme ilusiones. Estaba tan abatida. Meses antes no habría podido esperar a que viniera. Le había buscado hasta el fin del mundo pero ya había tirado la toalla.

Prefiero morir que dejarla sufrir sola

Mi hija empeoró esa noche. Sus gritos eran estremecedores. El aire se desgarraba y aunque la abrazaba para que me sintiera cerca su fuerza me rechazaba cada vez con más ímpetu. Su padre trataba de ayudarme pero él se suele bloquear en esas situaciones. Me gritaba que teníamos que encerrarla, que si no nos mataría. No podía acceder a eso. Es mi hija, prefiero morir que dejarla sufrir sola.

Por eso, cuando de madrugada todo pasó y nos fuimos a la cama ya no podía dormir. Me picaban los ojos, me ardía la frente, me palpitaba fuertemente el corazón. Tenía que intentarlo. No podía resignarme. No podía esperar sentada a que todo acabara por arte de magia, como empezó.

Empecé a preguntar donde estaba Jesús y me dijeron que había estado en la región de Tiro y de Sidón. Por fin algo era fácil, estaba relativamente cerca. Corrí a su encuentro, me lancé a sus pies y le pedí que me ayudara. Parecía no entenderme y comencé a gritar, a mostrar mi dolor, a llorar mi sufrimiento. Él parecía conmovido y me dijo que él tenía una misión en el pueblo judío, que no podía echar esa comida preparada para ellos a los perros. Me acordé de nuestro cachorrito, el último regalo por el cumpleaños de mi hija. Y le dije que también él se alimentaba de lo que caía de la mesa, yo solo necesitaba unas migajas. Luego le dejaría en paz.

Entonces se le encendieron los ojos. Le brillaban como si fuera a llorar. Vi mi dolor y el de mi hija reflejados en sus pupilas. Con una voz suave que solo oímos él y yo me dijo que admiraba mi cariño por ella y que fuera a cuidarla, que el espíritu la había abandonado para siempre.

Seguramente me tomaron por loca en las calles

Nunca he corrido como aquel día. Sabía que si no era verdad, posiblemente moriría de la pena pero era tan grande el deseo de verla que no pensé en el después. Ni siquiera me despedí de nadie. Seguramente me tomaron por loca en las calles. Llegué y mi hija me esperaba gritando y llorando: mamá, mamá, se ha ido. ¿Dónde estabas? Estoy feliz, te quiero. No me dejes sola mamá, nunca más.

Entonces apareció su cachorro ladrando y moviendo la cola. Y yo lo levanté y le di un beso como si fuera un hijo más: bendito cachorro que me inspiró para convencer a Jesús. Qué hombre tan normal y tan divino. Nos ha dado unas migajas de su pan pero este momento está pidiendo un banquete por todo lo alto: qué empiece la fiesta.

Siempre había tenido la impresión de que no merecíamos la hija que teníamos. Después de ser curada he descubierto quién me había hecho el regalo y cómo lo ha mejorado. ¿Por qué tenemos tanta suerte? ¿Qué le he hecho yo al Dios de Jesús para que me trate así de bien? No creo que haya respuesta. Solo puedo dar gracias y celebrarlo como se merece.

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