La vocación de Santa Marta

Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas (Lc 10, 41)

Jesús me liberó, me dio paz, me dio el valor que necesitaba para ser yo misma, para hacer lo que yo quería, para disfrutar con lo que hacía: cuidar de mi hogar y de los míos. Me hizo el mejor regalo: me dio a entender que lo que yo hacía le encantaba.

Me encanta mi nombre

Me dijo que necesitaba que yo disfrutara. Que sirviendo podía hacer muy felices a los demás y que era la mejor profesión del mundo. Que servir es la mejor forma de vivir una vida que valga la pena y que Él me tenía un premio preparado ya para aquí, sin esperar al Paraíso.

Me sentí entonces liberada. Sus palabras: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas» me sonaron a música celestial. Jesús nunca dijo el nombre de una misma persona dos veces como el mío. Que cada uno piense lo que quiera, pero yo estoy convencida de que le gustaba especialmente. Lo deletreo como paladeándolo. Nunca me había parecido tan bonito como entonces. Me encanta mi nombre porque Jesús, Dios hecho hombre, lo dijo con un cariño tremendo.

… le encantaba mi trabajo

Me estaba diciendo que podía ser muy feliz y muy santa con lo que tenía. Qué no me pre-ocupara. Que lo que hacía era tan grande que con eso Él era absolutamente feliz. Que no necesitaba nada más: solo encontrarle a Él en medio de todo ese trabajo. Yo estaba como atrapada pensando que me faltaba algo y Jesús me dijo que lo podía encontrar allí mismo, sin moverme, sin dejar de hacer las cosas que hacía. Lo único que necesitaba era mirar de otra forma mi vida: como la miraba Él, con agradecimiento. Mis cuidados le encantaban. Se fijaba en todo, se daba cuenta hasta de la diferencia más pequeña: «Marta, has puesto una especia nueva, ¿es romero?».

Entonces empecé a disfrutar de las cosas más minúsculas. Hasta de los detalles más insignificantes. A partir de entonces cantaba mucho mientras hacía la casa, mientras cocinaba y limpiaba la ropa. Se me iba la imaginación a Jesús que me decía: «No te quiero preocupada. Lo que haces tiene un valor infinito. No hay nada que agrade tanto a mi Padre y me haga más feliz».

Jesús me hizo comprender lo que le encantaba mi trabajo. Me abrió su corazón. Me mostró sus sentimientos más profundos y ahí toda mi preocupación se diluyó, desapareció, se esfumó como por arte de gracia, no de magia.

Jesús me ofreció la mejor parte también a mí

Mi hermana María había escogido la mejor parte desde el principio. Yo llegué después, pero Jesús me ofreció la mejor parte también a mí, el mayor regalo, la herencia preciosa, una sorpresa indescriptible. Ahora soy muy feliz. Incluso alguna vez se me ha quemado la comida, algo que pasa en las mejores familias. Pero ya no pierdo la paz. Sufro, y a veces lloro, pero sé que Jesús me da siempre la mejor parte. Él es fiel y no me la quitará. Yo puedo perderla, estropearla o ignorarla pero Él no se arrepiente. Siempre está ahí, esperándome.

Quiero vivir este regalo día a día, ocupada en lo que tengo entre manos y con el corazón puesto en Jesús y en los que tengo que cuidar: María, Lázaro, nuestros vecinos y parientes, mi casa. No me angustio ni me preocupo porque no me da ya miedo el futuro. Es de Jesús y Él cuida de mí, me da siempre lo mejor, la parte más fácil, el regalo más gordo. 

 

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