Discípulos de Emaús

“Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando

a una aldea llamada Emaús, distante de

Jerusalén unos sesenta estadios” (Lc 24, 13)

 

EL OTRO DISCÍPULO: Íbamos hablando de la pena tan grande que sentíamos porque Jesús no había sido el que esperábamos: el Mesías, el Salvador, un profeta triunfador. Vaya chasco nos habíamos llevado. ¡Qué infelices! ¿Te acuerdas, Cleofás?

CLEOFÁS: Como si fuera ayer. Yo me lamentaba de haber sido tan ingenuo. Me reprochaba a mí mismo no haber sido un poco más crítico con mis emociones y haberme dejado llevar por el corazón. En ti era más comprensible. Siempre has sido un idealista.

EL OTRO DISCÍPULO: De repente, Jesús apareció en un cruce y nos saludó. Su sonrisa y su amabilidad fueron un regalo en medio de aquella amargura, un suspiro.

CLEOFÁS: Es verdad. Pero teníamos los ojos tan irritados por las lágrimas y el dolor que no le reconocimos. Yo sentí algo conocido, como una ilusión, pero enseguida volvió, aún con más fuerza, el rencor y la tristeza.

 

… nos llamó «necios y torpes de corazón»

EL OTRO DISCÍPULO: Es curioso, pero siempre soy muy susceptible. Sin embargo, cuando Jesús nos llamó «necios y torpes de corazón» me pareció hasta un halago. Era como si me liberase de un peso enorme. Como si me dijera que todo lo que habíamos pasado no era verdad, como el despertar de una pesadilla.

CLEOFÁS: Yo en cambio me enfadé todavía más. Me indignó que ese forastero no supiera nada de Jesús. En el fondo, estaba buscando una forma de compensar mi vergüenza, mi temor, mis inseguridades y fue como si pudiera descargarlo todo en ese desconocido. Salté como un muelle y empecé a juzgarlo en mi interior. ¡Vaya espabilado! Si que estás bueno, pensé. Pero cuando empezó a explicar todo me derrumbé totalmente. Todo lo que había aguantado y controlado empezó a intentar salir a borbotones y me vinieron al corazón muchas palabras de Jesús. Se me hizo un nudo en la garganta. Era como si no oyera ya al caminante que habíamos encontrado.

 

Era la primera vez que yo sonreía desde el jueves

EL OTRO DISCÍPULO: Fue entonces, mientras estábamos los dos embobados escuchándole, cuando llegamos a Emaús. A mí hasta se me había olvidado qué habíamos ido a hacer. Y de repente, sin coordinarnos, a la vez y como una sola voz, le dijimos: «Quédate con nosotros».

CLEOFÁS: Me acuerdo, como si fuera ahora, que yo maticé: «Es que se hace tarde». Vaya excusa más patética. Pero tenía que decir algo. Tenía que romper un poco la tensión. Había que quedarse con él. Vi su cara y lo decía todo. Le hizo una ilusión tremenda quedarse. No se atrevía a decirlo por no molestar pero le encantó la idea.

EL OTRO DISCÍPULO: Tú y yo nos miramos. ¡Bien! ¡Vamos! Lo habíamos conseguido. Era la primera vez que yo sonreía desde el jueves. Me sorprendió encontrar en mi corazón una pizca de felicidad y me dolió sentirme así mientras Jesús había muerto en la Cruz. Él nos miraba atentamente pero ya no fingíamos.

CLEOFÁS: Empecé a imaginar cosas muy extrañas: y si las mujeres tenían razón, y si fuera real que Jesús había resucitado. Las palabras del forastero habían encendido una pequeña lumbre y yo me esforzaba por sofocarla. No era posible. Estas cosas del corazón, esos sueños y deseos no pueden ser reales, me repetía sin parar. Me resistía a creer porque era demasiado feliz. Era un final imposible, demasiado bueno para una historia tremenda, demasiado amarga.

 

… comprendimos todo de golpe

EL OTRO DISCÍPULO: Entonces todo ocurrió rapidísimo. Nos sentamos a la mesa, tomó el pan, lo partió y nos lo pasó y como si nos cayéramos de un árbol, comprendimos todo de golpe. Era verdad. Había resucitado. ¡Qué fuerte! ¡Y sobre todo qué suerte! «Necios y tardos de corazón». Qué palabras tan maravillosas. Nunca me había pasado que palabras tan ofensivas y directas me parecieran un cumplido.

CLEOFÁS: Además, Él desapareció enseguida, antes de que pudiera reprocharle que había jugado con nuestros sentimientos. ¡Qué cretino soy! Corrimos hasta Jerusalén. Éramos otros. Estábamos felices, entusiasmados, eufóricos. Yo me olvidé del bastón y de la alforja en Emaús. Y sobre todo me dejé mi miedo, mis cálculos y mis reproches. Dios siempre gana: siempre da más, antes y mejor. Y yo estoy encantado de perder, por una vez en la vida, pero para siempre.

 

Pintura de la imagen de cabecera: "La Cena de Emaús", obra de Matthias Stom, óleo sobre lienzo, Museo nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Entradas relacionadas