perro sentado aullando 1

La mediocridad, posiblemente, consiste
en estar delante de la grandeza
y no darse cuenta.
Gilbert Keith Chesterton-
          Cuentan que una persona, en Estados Unidos, llegó a la casa de un viejo granjero. Frente a la puerta de su casa se encontraba sentado uno de sus perros. Era evidente que el perro no estaba a gusto, que algo lo molestaba y lo tenía irritado, ya que ladraba y se quejaba sin parar. Después de unos minutos de ver el patente estado de incomodidad y dolor que exhibía el animal, el visitante le preguntó al granjero:

_ Perdone, pero algo le pasa al perro.
_ No se preocupe ni le preste mayor atención –respondió el granjero–. No es nuevo. Aunque no lo crea, el perro lleva mucho tiempo así.
_ Pero… ¿nunca lo ha llevado a un veterinario a ver qué puede estarle sucediendo?, preguntó el visitante.
_ Oh no, yo sé qué es lo que le molesta. Lo que sucede es que es un perro muy perezoso.
_ ¿Qué tiene eso que ver con sus quejas?
_ Ocurre que, justo donde está acostado, se encuentra la punta de un clavo que sobresale del piso, que le pincha y le molesta cada vez que se sienta y por eso ladra y se queja.
_ Pero… y ¿por qué no se mueve a otro lugar?
_ Porque seguramente le molesta lo suficiente como para quejarse, pero no lo suficiente como para moverse. 

Este es el gran problema del conformismo y la mediocridad, que siempre nos molestan y nos incomodan, pero no lo suficiente como para que decidamos cambiar.

Seguro que conocemos a alguien que esté en esta situación. Y acaso nosotros mimos, ¿no tenemos, de vez en cuando, un clavo o una espina que nos molesta y que no nos permite alcanzar aquello que verdaderamente deseamos?

Si es así, desde ya, deberíamos deshacernos de todas las cosas que nos estén robando la posibilidad de vivir una vida plena y feliz.

En un entrenamiento de fútbol escuché al entrenador proclamar con ímpetu a su equipo: El enemigo de lo extraordinario es lo bueno. Y es que mientras estéis satisfechos con ser «buenos” nunca seréis «extraordinarios».

La mediocridad es peor que el fracaso total, porque éste, al menos, te obliga a evaluar otras opciones, llamar a otras puertas, intentarlo de nuevo. La mediocridad es peligrosísima porque se hace soportable y nos acostumbramos a vivir con ella. Eso es, con mucho, peor que el mayor de los fracasos.

Sommerset Maugham, escritor británico, dijo: Lo interesante acerca del juego de la vida es que, si decidimos aceptar sólo lo mejor de lo mejor generalmente lo conseguiremos. El problema está en que lo opuesto es igualmente cierto. Aquellos que deciden contentarse con una vida ramplona o una existencia mediocre, generalmente también lo logran.

Y, lo malo, es que no nos damos cuenta.

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