El motor de mi vida 2 A  - El motor de mi vida

El amor no prospera en corazones
que se amedrentan de las sombras.
-William Shakespeare-

Narciso Yepes (1927-1997) a medida que iba avanzando su enfermedad, iba perdiendo movilidad, y aprovechaba esa limitación para hacer de la necesidad virtud y, así, transformaba la inacción física en contemplación.

—¿Qué piensas, mi amado? ―Le pregunta su mujer, Marysia.
Tantas cosas y siempre son variaciones sobre el mismo tema.
  Sonríe y su cara, sumamente delgada, se ilumina.
A ver, ¿qué?
 —Ahora estaba repitiendo las palabras que rezamos esta mañana, las voy renovando con ritmos distintos y cada vez suenan diferentes.
—¡Qué suerte los grandes intérpretes, hasta los salmos los recreáis!
—«El señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» Escucha ahora, así, más pausado, más consciente.
 Lo vuelve a decir pensante.
 —Es impresionante.
  —Lo encierran todo, estas palabras. Dios es mi luz y yo soy una luciérnaga en la gran luz de Dios. El motor de mi vida no es el temor, es el amor. 

En la vida siempre estamos tomando decisiones respecto a distintas cosas, situaciones o circunstancias. Lo ideal sería que en estas decisiones siempre estuviera presente el amor e hiciéramos de él la base de nuestras vidas.
La gente que no siente amor no tiene vida, porque el amor es arriesgar, atreverse, acoger y expandirse; eso nos hace crecer y, por lo mismo, nos sentimos felices, aunque haya que pagar el peaje de algún sufrimiento, esfuerzo o contrariedad.

Debemos batallar porque nuestro mundo gire alrededor del amor; si no hay amor, perdemos el rumbo, nos vamos marchitando como una flor sin cuidados. El amor lo cura todo, es la medicina del alma, es el motor que dinamiza todo lo que hacemos.
Lo que nos rescata de los reveses, de las desgracias e injusticias es el amor, el amor de los que nos rodean: amigos, familiares, etc. La vida sin amor conduce a la muerte, pues del amor parten nuestros principios, valores, nuestras ganas de luchar, de seguir adelante.

Me atrevo a decir que el amor es una de las principales fuentes de energía —si no la principal— que nos ayuda a seguir viviendo.

La fe es un don del cielo que, para su plenitud, requiere nuestra colaboración. Con fe y constancia, aceptando los devenires cotidianos, podemos conseguir la varita mágica que transforme todo lo humanamente negativo en puntos de luz y, así, sin grandes acontecimientos, lograremos que todo sea para bien, porque haremos que el amor sea el motor de nuestras vidas.

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