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Dos sacos al hombro 2

El que puede cambiar sus pensamientos
puede cambiar su destino.
-Stephen Grane-

 Una antigua leyenda habla de tres caminantes, cada uno de los cuales llevaba dos sacos atados al cuello, uno por delante y otro por detrás. Cada uno marchaba a un ritmo distinto. Un curioso se acercó al más retrasado y le preguntó qué llevaba en sus sacos. El hombre respondió:

—En el saco de atrás llevo todas las obras amables de mis amigos, casi nunca las miro, y acabo por olvidarlas. En el saco delantero llevo todo lo desagradable que me ha ocurrido. Y, de vez en cuando, me paro, lo miro, lo estudio y me indigno. Centralizan mi vida; no lo puedo evitar.

Claro, pensó el curioso, al pararse con frecuencia y revolver sobre todo lo desagradable que le ha sucedido, este hombre avanza poco, vive en la frustración del pasado.
Luego, nuestro hombre aligeró el paso, alcanzó al segundo caminante, y al preguntarle qué llevaba en sus sacos contestó:

—En el delantero van todas mis buenas obras. Las llevo delante de mí para que todo el mundo las vea. En el saco de atrás llevo todos mis errores. Son pesados y me ralentizan, pero no consigo quitármelos de encima.

Y cuando el curioso preguntó al tercer caminante, respondió:

—Llevo el saco delantero lleno de pensamientos positivos sobre otras personas; llevo las obras buenas que han realizado ellos y todo el bien que yo he experimentado a lo largo de mi vida; por eso es un saco grande y colmado a reventar y, sin embargo, no resulta pesado. Podría decirte que es como las velas de un barco: lejos de ser una carga, me ayuda a avanzar. Y, como ves, el saco que llevo a la espalda está vacío. ¿Por qué? Porque le he hecho un gran agüero en el fondo, y todo lo negativo de los demás y de lo mío, caen por el agujero y, así, evito todo peso que dificulte mi viaje.

La aplicación de esta leyenda es obvia. Temporalmente, mientras recorremos la senda de la vida, es necesario examinar qué es lo que portamos con nosotros. ¿Nos lastran los pensamientos negativos? ¿Llevamos con nosotros las trastadas de amigos y familiares que nos hicieron en el pasado? ¿Nos bloquean los coágulos del miedo que nos dicen que no seremos capaces de estar a la altura de las circunstancias? ¿Estamos haciendo de nuestras vidas un cielo o un infierno?

Todos nacemos con la libertad de decidir qué pensamientos dirigen nuestra vida. Es indudable que cuando experimentamos el cielo en nuestro interior, tendemos de forma natural a compartir ese cielo con los que nos rodean, y los tratamos con una actitud afectuosa y positiva.

Sí, simbólicamente, todos llevamos dos sacos sobre nuestros hombros; la clave está en ¿cómo los uso?

Mantener el rumbo

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mantener el rumbo 2

Puedes mantener tu propio cielo
o tu propio infierno en la tierra.
-Sir John Templeton-

 Cayetano Fernández Cabello (Cádiz,1820-Sevilla,1901) fue un sacerdote y poeta español. Isabel II le encargó la educación de su hijo, el futuro Alfonso XII. Para él escribió Fábulas ascéticas en verso castellano y en variedad de metros. He aquí la titulada: La virtud y el vicio.

Con diabólico estruendo,
por su camino,
el Vicio va corriendo
con desatino;
mientras despacio
la Virtud va siguiendo
su recto espacio.

Aquél le grita: —¿Adónde
corres tan viva?
Y la Virtud responde
también festiva:
Repare el Majo
que yo voy cuesta arriba
y él cuesta abajo.

Suele ocurrir que los éxitos fáciles e inmediatos nos tientan a abandonar el buen camino emprendido, pero, sea lo que sea nuestra meta, la única manera de llegar allí, consiste en mantener los ojos fijos en el final de la senda. Y cuando algo exótico nos tiente a elegir una travesía más fácil, no caer en la trampa, porque el camino más seguro —aunque no siempre sea el más sencillo— es el que lleva directamente a la meta con el menor número posible de distracciones y salidas en falso.

Como dice un proverbio budista: Si vas bien orientado, lo único que has de hacer es seguir caminando. 

Seguir caminando porque crees en ti mismo, en tu capacidad de enfrentar las dificultades, en la seguridad adquirida merced a las experiencias acumuladas a lo largo de la vida. Seguir desarrollando la capacidad de regocijarte en los sucesos ya acaecidos, y continuar caminando en dirección a lo más alto de la meta. ¡Ah!, y muy importante: ¡permite que la alegría sea tu brújula!

Muchas personas saben lo que quieren de la vida, pero son pocas las que transforman sus sueños en un itinerario cuidadosamente planificado y exitoso, porque les falta el propósito, la intención, la motivación y el espíritu de superación con el que se debe hacer cualquier cosa.
Aseguran que todos tenemos capacidad para crecer y llegar a ser tan útiles como felices, pero para ello es importante que el proceso natural hacia la cumbre siga su curso avanzando, buscando nuevas y mejores formas de vivir, descubriendo recursos ocultos, y propiciando el progreso y el crecimiento nuestro y el de los que nos rodean.

Cuando crecemos y nuestras necesidades cambian, podemos percatarnos de que tenemos dentro todo lo que necesitamos para configurar vidas llenas de alegría, utilidad, prodigio y valor.

¿La varita mágica? Solo es cuestión de saber orientarnos bien y… mantener el rumbo.

Pues…, mal año

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vareando-olivos

En este mundo no se logra nada útil ni grande
 sin esfuerzo ni sacrificio.
– Adolfo Kolping-

           Un turista, hombre de ciudad, va paseando por un campo de olivos y encuentra a un joven tumbado bajo uno de ellos. Se acerca, movido por la curiosidad, y le pregunta:

─Buenos días, joven, perdona mi curiosidad, por estas tierras, ¿cómo recogéis las aceitunas?
─Sencillo. Extendemos una lona debajo del olivo, y cuando sopla el viento, caen las aceitunas y las recogemos.
─¿Y si no hay viento?
─Pues…, mal año.

           El cuento es exagerado, pero pone de relieve que, frecuentemente, se nos olvida que el Dios que nos dio el olivo y el viento, también nos dio fuerzas para coger la vara y varear las aceitunas para que caigan en la lona sin necesidad de que sople el viento.

Con relativa frecuencia, en lo humano y en lo divino, actuamos como si el sudar y el confiar estuviesen reñidos, cuando en realidad son complementarios: a Dios rogando y con el mazo dando, dice nuestro refranero. Ni la confianza debe aminorar el trabajo, ni el trabajo debe reducir la confianza; son dos factores necesarios y complementarios. Los dos.
Me dijo un hombre experimentado en la ciencia de la vida, trabaja, Antonio, y no tendrás que pedir al cielo que te libre de unos males cuyas soluciones están al alcance de tus manos.El evangelio dice que Dios da la comida a cada pájaro (Mt,6-26), pero no se la lleva al nido.

Debemos tener en mente que el esfuerzo, el sacrificio es un valor muy importante para superarnos en nuestra vida por la fuerza que imprime en nuestro carácter. Compromiso, perseverancia, optimismo, superación y servicio, son algunos de los valores que se perfeccionan a un mismo tiempo; por eso, el esfuerzo, la autoexigencia no es un valor que sugiera sufrimiento y castigo, sino una fuente de crecimiento personal.

¿Por qué es tan difícil tener espíritu de sacrificio? Porque estamos acostumbrados a dosificar nuestro esfuerzo, y a pensar que «todo» lo que hacemos es más que suficiente. Dicho de otra forma: debemos luchar contra el egoísmo, la pereza y la comodidad y contra uno de los tópicos de nuestra época: lo hago porque me apetece; no, lo hago porque lo debo hacer, aunque no me apetezca.
Todo aquello que vale la pena requiere trabajo, esfuerzo, sacrificio, pues querer encontrar caminos fáciles para todo, sólo existe en la mente de personas con pocas aspiraciones. Quien vive el valor del esfuerzo, va por un camino de constante superación, haciendo el bien en todo lugar donde se encuentre.

Hay que arrimar el hombro y varear, porque si solo confiamos en que sople el viento…, mal año nos espera.

Compartir lo mejor

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ebano-y-marfil-2

Un padre es un tesoro, un hermano es un consuelo:
 un amigo es ambos.
 –Benjamín Franklin- 

Ébano y Marfil fue el nombre dado a dos ancianas en Nueva Jersey, una blanca y otra negra, que deleitaron a muchas personas tocando juntas el piano clásico. Ambas habían sufrido un derrame cerebral en 1982 y quedaron parcialmente discapacitadas.

En la primavera de 1983, Margaret Patrick llegó al Centro Geriátrico de Vida Independiente del Sudeste para empezar su terapia física. Millie McHugh, un trabajador del Centro, advirtió la mirada de dolor de Margaret cuando miraba el piano.

¿Algún problema? ─, preguntó Millie.
No ─repuso Margaret en voz baja─. Solo que ver un piano me trae recuerdos. Antes de mi hemiplejia, la música era todo para mí. 

Millie miró la inutilizada mano derecha de Margaret, mientras la mujer negra le contaba algunos de los momentos culminantes de su carrera musical. De pronto Millie dijo:

Espere aquí. Enseguida vuelvo.

Volvió a los pocos minutos, seguido de cerca por una mujer bajita de cabellos blancos y gruesos anteojos. La mujer se ayudaba a caminar con un andador.

─Margaret Patrick ─dijo Millie─, le presento a Ruth Eisenberg. Ella también tocaba el piano, pero, al igual que usted, no ha podido tocar desde su hemiplejia. La señora Eisenberg tiene bien su mano derecha y usted tiene bien la izquierda, y yo tengo la sensación de que las dos juntas pueden hacer algo maravilloso.
─ ¿Sabes el Vals en re bemol de Chopin? ─le preguntó Ruth. Margaret asintió.

Una junto a la otra se sentaron al piano. Dos manos sanas ─una, con largos dedos negros llenos de gracia; la otra, con cortos y regordetes dedos blancos─ se movieron rítmicamente a lo largo de las teclas de marfil y ébano. Desde ese día, se sentaron juntas al teclado cientos de veces: la mano buena de Ruth toca la melodía y la mano buena de Margaret ejecuta el acompañamiento.

Su música ha hecho disfrutar al público por televisión, en iglesias y escuelas, en centros de rehabilitación y geriátricos. Y en la banqueta del piano, estas dos mujeres han compartido más que la música. Juntas producían unas melodías armoniosas que ambas amaban, porque cada una de ellas estaba dispuesta a compartir lo mejor de sí.

Esa es la verdadera amistad, el verdadero amor, el que actúa como el sol que resplandece y comunica luz. Para ser positivos debemos dejar que el amor nos impregne de la paciencia necesaria para gestionar bien cualquier situación.

Hay quien define al amor como el gran armonizador y sanador de la vida, porque siempre está dispuesto a compartir con los demás, lo mejor de sí mismo.

 

¿Progreso?

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El hombre razonable se adapta al mundo;
el irrazonable intenta adaptar el mundo a sí mismo.
Así pues, el progreso depende del hombre irrazonable.
-George Bernard Shaw-

           Discutían dos amigos la necesidad, o no, de una fe viva, vigente, iluminadora de la sociedad.

En un estado laico sobran las manifestaciones religiosas, los símbolos religiosos; sobra Dios.
          ─ Y en su lugar, ¿qué ponemos?, ¿quién lo sustituye?
          ─ La humanidad liberada, el esfuerzo solidario.
          ─ El problema está en que se comienza por desplazar la Cruz, y se termina por destruir el mundo.
          ─ No es cierto, siempre nos queda el mundo del progreso, el mundo del bienestar.
          ─ ¿Progreso? ¿Qué progreso? ¿Ese famoso progreso ateo que trae también consigo los misiles, los abusos, la contaminación y tantos excesos que pueden arrastrar a la humanidad a una catástrofe?

           Es la eterna la utopía de crear un mundo feliz lejos de Dios; pero los hechos demuestran que, a la larga, el progreso con hombres que no reconocen a Dios constituye un peligro continuo, porque un crecimiento sin la dimensión moral, interior y personal acaba por desarrollar las más salvajes y oscuras tendencias del hombre.
Un progreso así acaba convirtiendo al hombre en una máquina dominada por las máquinas, en un número que maneja números, en un bárbaro delirante que puede servirse de las fuerzas inmensas de la naturaleza y de la mecánica para satisfacer sus instintos de rapiña, destructores y orgiásticos (Romano Guardini).

Precisamente la fe cristiana ayuda a minimizar esas tendencias agresivas del hombre y empuja el progreso favoreciendo el despertar de la conciencia proletaria, exaltando a los pobres y anunciando una justicia futura y universal.
Los hay que creen que Dios y la religión hablan del más allá, pero evaden los esfuerzos para la construcción de un paraíso cercano que ha de realizarse aquí en la tierra mediante el progreso de la humanidad.
Ignoran, los que así piensan, que un cristiano, precisamente por ser cristiano, está obligado a trabajar por un progreso que sea progreso para todos, y por una promoción social para todos.

En su encíclica LABOREM EXERCENS, el Papa Juan Pablo II, dice en la introducción: Con su trabajo el hombre ha de procurarse el pan cotidiano, contribuir al continuo progreso de las ciencias y la técnica, y sobre todo a la incesante elevación cultural y moral de la sociedad en la que vive en comunidad con sus hermanos.

Como me decía aquel castizo amigo: a ningún hombre honrado le estorba la religión. No es, creo yo, la honradez cristiana una mala base para un buen progreso.

El arte de ser amable

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 Y siempre, hasta en los casos peores,
salva esa belleza de la forma cuidada.
-J,W. Ford-

Aquella señora, ya entrada en años, que quiso hacerse un retrato para la posteridad. Se sentó delante de la cámara con su habitual gesto adusto. Ese gesto propio de personas de vida difícil y áspera, de constantes desilusiones, de esfuerzos frustrados, de toda una serie de años amargados casi siempre por culpa de los demás, de las cosas, de las circunstancias…

Señora, le dijo el fotógrafo, no querrá usted que la recuerden con esa cara seria de pocos amigos, ¿no?
          ─ Sólo es el reflejo de mi dura vida.
          ─ Ya; vamos a hacer una cosa. Procure mirar a la cámara un poco más dulcemente, algo así como si la cámara fuera su mejor amiga con la que acaba de encontrarse.
           Y se realizó el milagro. A base de tratar con sus clientes, el fotógrafo había aprendido la norma exacta de la felicidad y de la belleza.
No hace falta nada exterior. Hay algo que usted misma puede poner en su interior para cambiarle la expresión del rostro.

           Nuestra felicidad y la de los que nos rodean, es cuestión de postura mental, de cultivo de nuestra la riqueza interior, de nuestros ideales y sentimientos.

Una mejor postura interior y un mayor contentamiento del espíritu producen una mayor galanura del rostro, una mirada menos dura, más dulcificada.

Es todo un arte: el arte de ser amables, aprovechando nuestros resortes interiores, sin esperar a que cambien las circunstancias, las cosas y las gentes. Es el arte de amar a las cosas y a las personas, prendiendo sonrisas en todas las almas para esponjar la vida y mejorarla, haciéndoles experimentar que no hay alegría mejor que la que sabe despertar alegría en los demás; porque como afirma Charles Buxton: Aún no has cumplido todos tus deberes, si has omitido el de ser placentero.

           No falla esta ley. Muéstrate sombrío y áspero y verás cómo va calando en tu ánimo una depresión fastidiosa que te llena el corazón de tristeza y amargura; sin embargo sonríe, haz que brille tu mirada con los colores del arco iris, y verás cómo sube de lo más profundo del corazón una sensación de contentamiento y gozo desbordante.

           Es evidente que en este mundo nuestro, hay multitud de circunstancias exteriores que nos crispan, que nos alargan la cara. Es evidente, por eso hay que recurrir a lo interior, cultivar y enriquecer nuestros valores interiores, porque ahí, en el remanso interno, está la fuente del arte de la amabilidad. Y eso, aunque fuera haya tormentas.

Apréciame

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En lo más hondo de la personalidad humana
existe la necesidad de ser apreciado.
-William James-

Siempre me admiró la empatía que aquel director despertaba entre sus empleados. Un día, apoyándome en su confianza, me atreví a preguntarle.

 ─ Teniendo un cargo directivo, ¿cómo consigues esa complacencia afectuosa con los obreros?
─ Tengo un truco, sí. Me gusta visualizar a los empleados como esos hombres anuncio que llevan un cartel por delante y otro por detrás. En el cartel delantero yo me esfuerzo por leer: “Apréciame” y en el de la espalda procuro leer: “Hazme sentir importante”.

 La afabilidad, como uno de los actos del amor, puede expresarse independientemente de los sentimientos que uno tenga, porque el amor no es lo que uno siente por los demás, es más bien cómo se porta uno con los demás.

El científico, educador e inventor afroamericano, George Washington Carver (1864-1943), escribió sobre la afabilidad: Sed amables con los demás. Hasta dónde lleguéis en esta vida dependerá de cuán cariñosos seáis con los más jóvenes, cuán compasivos con los mayores, cuán comprensivos con los rivales, cuán tolerantes con los débiles y con los fuertes. Porque en esta vida, algún día habréis sido todos ellos.

Elogiar a la gente (no adular), felicitarla cuando hace algo bien, ir con la mano tendida en lugar de estar con la escopeta cargada para disparar al menor fallo genera buen ambiente, porque en cuanto empiezas a buscar la parte buena de los demás, a fijarte en lo que la gente hace bien, de repente empiezas a ver cosas positivas que antes nunca habías visto.
Para ser constructivos debemos tener muy presente que recibir elogios es una necesidad humana legítima y, por eso, es esencial para que las relaciones humanas funcionen.

Pero, ¡ojo!, no todo vale. Para que los elogios funcionen requieren dos condiciones: Una, ha de ser sincero; dos, tiene que ser concreto. Felicitar en general al estilo:  todo el mundo ha hecho un buen trabajo, no suele ser efectivo, incluso puede causar resentimiento, porque puede que no todo el mundo haya hecho un buen trabajo.
Es importante ser sinceros y concretos para reforzar, así, el buen comportamiento, porque el refuerzo produce repetición. Y la repetición crea el hábito que hace natural un determinado tipo de ambiente.

Recordad que, si bien no siempre uno puede elegir las circunstancias de su vida, sí puede elegir su actitud en esas circunstancias.
Es muy práctico y efectivo, os lo aseguro. Para mejorar nuestro entorno, basta con que, al encontrarnos con una persona, visualicemos un rótulo en su pecho: apréciame.l

No me voy a detener

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Si no sabes a dónde vas,
cualquier camino te llevará ahí.
-El Corán-

El estadounidense Donald Curtis (1915-1997), escribió en su libro Helping Heaven Happen (Ayudar a que el cielo se haga realidad), este breve, curioso y aleccionador diálogo:

¿Cómo van las cosas?
          ─ Bueno, tengo una mala noticia y una buena noticia. Te diré primero la mala: nos hemos perdido.
          ─ ¿Qué nos hemos perdido? ¿Y cuál es, entonces, la buena noticia?
          ─ ¡Que estamos haciendo un tiempo excelente!

Está claro que los protagonistas de la conversación no parecen tener claro adónde se dirigen; solo les interesa moverse ganando velocidad, aunque su movimiento sea circular, y no les lleve a ninguna parte.

Careciendo de foco y dirección definidos, ¿cómo se puede alcanzar alguna meta? Para ser prácticos y efectivos debemos trazar un plan, hacernos una imagen mental concreta, y no dejarnos engañar por apariencias fraudulentas ni por ilusiones del mundo exterior. Y mantenerse en el camino.
El hecho de no saber qué es lo que quieres, hace que nunca logres algo, y te quedarás esperando pacientemente encontrar el destino que buscas; pues si en un principio no tenías idea de adónde querías llegar, eso complica mucho las decisiones que tomas para lograrlo.

¡Ojo a los despistes! Se puede perder mucho tiempo valioso a lo largo de todo el proceso, empantanándose en experiencias o errores pasados que no tienen la más mínima relevancia para el presente. No estoy aconsejando ignorar las experiencias pasadas, sino aprender de ellas para seguir avanzando. El pasado no debe ser arenas movedizas que mientras más te mueves más te hunden, sino catapulta que nos lance a conquistar el presente y futuro.

Es bueno aprender de las experiencias pasadas para seguir avanzando; para ello debemos establecer prioridades, objetivos y dirección de vida, pensando de forma positiva y optimista.
Porque lo bueno de la libertad humana es que tenemos posibilidad de elección. Podemos vivir en el pasado y ser desgraciados e infelices, o podemos recomponer nuestra actitud, y avanzar pletóricos y felices en la vida.
Hay que ser muy positivos, y tratar siempre de ver el vaso medio lleno; porque, aun cuando no sepamos a dónde vamos, eso no debe importarnos, ya que nos debe mover la fuerte convicción de que llegaremos a algún lugar, y por eso nunca debemos dejar de caminar.

Personalizando. Para ser eficaces es fundamental conocer la meta, pero el hecho de que alguna vez no tenga claro adónde voy, no me va a impedir caminar. No importa el camino que tome, es indiferente el lugar al que llegue, el único hecho tangible es que no me voy a detener.

Todo es según

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Cuando el relativismo moral se absolutiza
en nombre de la tolerancia,
los derechos básicos se relativizan
y se abre la puerta al totalitarismo.
Benedicto XVI-

           En cierta ocasión, preguntó un crítico musical a Richard Wagner que por qué no escribía sinfonías. Y él contestó que Beethoven ya había escrito las que había que escribir.

Lo anterior es una excusa para hablar del RELATIVISMO MORAL. Actualmente se tiende a relativizar lo que sucede, y no a calificarlo o enjuiciarlo, o negar o afirmar algo con todas sus consecuencias.
Hoy todo es ñoño, es decir, nadie se quiere mojar, todo vale, todo es depende, según, opinable.
En los últimos años, si bien no es algo nuevo (ya desde los filósofos griegos nos llega como herencia), se está afirmando la turbadora tentación de que la verdad no existe, por lo que el conocimiento no merece la pena: lo único que merece la pena es la divagación eterna e infructuosa sobre las formas de conocimiento. La cosa empezó a torcerse con Descartes, pero en el siglo XX alcanzó su plenitud, es decir, alcanzó el desastre.

Analicemos la situación en algunos dichos conocidos, que son los mandamientos vigentes. El primero y más importante de todos, que los engloba a todos, que los resume y abarca a todos, es el siguiente:

Nada es verdad ni nada es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira. Ahora bien, esta frasecita, que revela como ninguna otra el fin de las verdades absolutas, es la que incurre en la primera contradicción flagrante: nada es verdad ni nada es mentira… menos esta frase, este principio, este dogma aniquilador.

           Prohibido prohibir. Ahora bien, si prohibimos prohibir, ya hay algo que sí está prohibido: prohibir.

          Todo es opinable. Sí, todo es opinable; todo menos justamente eso: que todo sea opinable.

          Los dogmas son inadmisibles. Salvo justamente el que a acabo de enunciar, indemostrable, pero de aplicación forzosa.

          Toda idea, principio o creencia es tan respetable como otra. ¿Todas? No, porque la que acabo de escribir vale mucho más que cualquier otra y es acreedora del mayor de los respetos.

Lo que se ve, existe, y lo que no se ve, no existe. Según esto sólo existe lo que entra por los sentidos, lo que es cuantificable. Los sentidos engañan. ¿No vemos variar la luna? ¿Hay, pues es lo que veo, varias lunas?  ¿Existe, por ejemplo, el dolor? ¿Alguien lo ha visto? ¿La inteligencia?

Claro que con esto de la inteligencia se me ocurre una ironía: Todo es según, ya que a veces dudo de la inteligencia de algunas personas, precisamente por eso, porque no la veo.

Tropezar y aprender

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Todos los hombres comenten errores,
pero sólo los sabios aprenden de ellos.
-Winston Churchill-

Thomas Alva Edison fue el inventor más prolífico de la historia; registró más de mil patentes de inventos. Pero no todo fue fácil ni rápido; en el proceso de invención de la bombilla eléctrica, hizo casi mil intentos y fracasó. Cuentan que uno de sus principales colaboradores, desanimado por tantos intentos fallidos, le insinuó que considerara la posibilidad de abandonar el proyecto.

¿Abandonar ahora que ya sabemos mil caminos que no llevan a la meta? Cada intento fallido me sirvió para descubrir un modo en el que no debía fabricar la bombilla. No hay fracaso cuando se intenta aprender de los errores.

          Esta es una de las claves de su éxito: se negó a permitir que la derrota se apoderar de su mente. Puede parecer un juego de palabras, pero, realmente, hay una diferencia fundamental entre decir: he fracasado, y decir: soy un fracasado.
          Antes o después todos tenemos en la vida alguna experiencia de fracaso. No es fácil tener éxito a la primera, y si tenemos miedo de fracasar, no asumiremos los riesgos necesarios para emprender. Lo que no cabe duda es que, si no nos atrevemos a dar un paso hacia adelante, tenemos asegurado el estancamiento.

La sabiduría nace de las equivocaciones; no hay más salida: afrontar el error y aprender, porque el crecimiento requiere disposición a exponerse al fracaso y la derrota. Aprendimos a andar porque no nos importó caer y levantarnos, rasguñarnos las rodillas o llenarnos las piernas de hematomas.

Cuanto más dispuestos estemos a correr el riesgo de ensayar nuevos planteamientos, tanto más probable es que conozcamos el fracaso a corto plazo y el éxito al final.  ¿Nos importó hablar mal de niño cuando aprendíamos el lenguaje? No, seguimos hablando y, gracias a esa actitud, poseímos un lenguaje.
Indistintamente de las circunstancias y situación personal en que nos encontremos, todos podemos mejorarnos a nosotros mismos. La clave está en la actitud mental positiva que guíe nuestros pensamientos y acciones para lograr aquello que, racionalmente, nos proponemos.

Los inhibidores son el miedo y la duda que bloquean la acción mental y fortalecen el derrotismo. El miedo y la duda retraen la mente y refrenan el cuerpo ocultando las poderosas fuerzas que acompañan a todo crecimiento.
Estamos hechos para realizarnos como personas sanas, felices, prósperas y exitosas; pero esto no será posible si dejamos que los inhibidores marquen la pauta y nos sintamos temerosos y derrotados en vez de llenos de valor.

          Tropezar y aprender. Lo diré con el refranero: tropezar y no caer, adelantar camino es.