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07 Octubre 2009 - TERCIO DE QUITES. LOS CABESTROS
Autor: Andrés Ollero - # 512 - Categoría: Cultura de la Vida


“Cantar siempre el mismo verso/ pero con distinta agua”. Suena bonito, ¿no? Pero si esas cristalinas aguas que don Gerardo Diego describe en su famoso poema, no fueran tan limpias, ¿qué pasaría? El ambiente pútrido haría primero torcer la nariz, para después huir a otros pagos donde no oliera tan mal.

Algo parecido sucede en la Cámara Baja española y la conciencia cristiana de sus señorías; muchos diputados se declaran católicos, aunque no practicantes. Y, claro, cuando surgen temas con cimientos éticos o morales de gran calado, ya esta montado el circo. Hay que ver cómo se escurren unos, y cómo teorizan y escupen tonterías otros. Uno casi mira con simpatía a los que defienden sus ideas honradamente, sin subterfugios.

Andrés Ollero comparaba la situación de la Cámara en estos casos a una corrida de toros con los animales toreados. En la Columna Tercio de Quites, del Diario ABC de Sevilla, titulaba su artículo del día 1 de octubre, así: Cabestros. Y es que no hay nada más peligroso en la arena de un ruedo que un toro al que se le hayan dado varios pases y sepa de qué va la fiesta. El peligro puede adoptar cualquier dirección; y sin avisar. Todo, con tal de distraer la atención de los ciudadanos respecto a los verdaderos problemas del país.

Tiene gracia el artículo, diría…, si no fuese por lo grave del tema.




Pocas situaciones producen mayor intranquilidad en el ruedo, con inmediata transmisión a los tendidos, que las evoluciones de un toro toreado.

Para nadie es un secreto la abundancia en las ganaderías de la izquierda de numerosos ejemplares con tal reparo; exhiben resabios sintomáticos de proceder de desecho de clericales tientas previas. No se trata de personas que hayan perdido el fervor de su primera juventud o no hayan llegado a coordinarlo adecuadamente con una vida intelectual llena de racionalidad y rigor. Vivieron quizá la fe del carbonero, para pasar luego a ejercer actitud similar interpretando con el celo del converso una partitura obsesivamente antieclesiástica.

Las evoluciones de un toro toreado siembran el desconcierto por su carácter imprevisible. Puede, por ejemplo, irrumpir arrollando desacompasadamente cualquier intento de vincular las relaciones sexuales con la reproducción humana; hará luego hilo, exigiendo que se consideren como derechos todos los imaginables usos de la sexualidad que no estén vinculados a la reproducción; acabará derrotando con su empeño de calificar a tales derechos como «reproductivos», con lo que contradice la tarascada inicial...

A nadie puede extrañar que el Consejo de Estado, en su pintoresco dictamen sobre el anteproyecto de Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo, y demás expresos europeos, se haya visto obligado a mostrar su sorpresa porque de su texto «parece deducirse una identificación entre enfermedades de transmisión sexual, incluido el sida, con los embarazos no deseados»; se olvida con ello «la consideración del feto como un bien jurídico digno de protección, lo que no ocurre con los agentes patógenos de transmisión sexual».

Se ve, por otra parte, que los comunistas catalanes andan un poco perdidos en lo que a memoria histórica se refiere. Si algún ciudadano, en ejercicio de su derecho fundamental a la libertad religiosa, tiene a bien tomarse en serio lo que este Papa y sus antecesores vienen diciendo sobre las relaciones sexuales, tendrá bastante claro que lo que consideran ante todo inmoral es su uso fuera del matrimonio. Sugerir que la asunción de tal norma de conducta puede desencadenar, particularmente en África, una devastadora multiplicación del sida constituye todo un hallazgo epidemiológico. Es fácil comprender que una llamada a la abstinencia sexual no invite a determinados sectores de la población a tirar cohetes, pero de ahí a convertir a quien la formula en enemigo de la salud pública media un trecho.

Claro que el desconcierto en el coso sería aún mayor si, por imperdonable desorden en los chiqueros, quien hubiera acabado asomando a la plaza no fuera, como parecía, un toro ensabanado sino un aparatoso y torpe cabestro. La situación resultaría complicada, porque el cabestro más que embestir topa; obliga por demás a andarse atentos con sus pezuñas, porque un pisotón puede resultar traumático. Por otra parte, la única manera de cubrir las apariencias sería recurrir al Bombero Torero y convertir en charlotada lo que se anunció como espectacular corrida.

Esto parece haber ocurrido (y bien que me duele, por razones obvias, pensarlo) en el coso de la carrera de San Jerónimo. Los torileros de la Mesa no tuvieron su día más afortunado y cuando se dieron cuenta habían convertido el hemiciclo en un circo. Menos mal que puedo consolarme agradeciendo a mi buen amigo Jorge Fernández sus encomiables y baldíos esfuerzos por defender el decoro de la Cámara. Cuando a alguien se le ocurre la peregrina idea de someter a juicio político los dictámenes morales del Papa, lo que se somete a riesgo, sea cual sea el resultado, no es el prestigio de éste sino el ya bastante quebrantado del Congreso de los Diputados.

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