CAMINOS DE FILOSOFÍA

By febrero 18, 2012Educación

Es propio de la condición humana conocer preguntando. Y también la forma más clásica de filosofar ha sido a través del diálogo entre el maestro y los discípulos.

Vemos como en claroscuro: tenemos algo de luz para atisbar lo que no conocemos, pero, a la vez, no es suficiente para ver con claridad las respuestas que necesitamos. Es preciso volver una y otra vez sobre los propios pasos, o buscar nuevos caminos. Preguntarse por los interrogantes de siempre; y, sobre todo, preguntar a quien puede guiarnos en el camino hacia la verdad.

El libro Caminos de Filosofía (EUNSA, 2011) recoge las conversaciones mantenidas por Alejandro Llano, durante una semana de junio de 2010,  con tres personas que tienen en común haber sido alumnos, doctorandos y discípulos suyos. Esas tres personas son Lourdes Flamarique (Universidad de Navarra), Marcela García (Ludwig-Maximilians-Universität München) y José María Torralba (The University of Chicago).

Dice José María Carabante en Aceprensa (8-II-2012): “Caminos de la filosofía sigue, precisamente, esta costumbre tan socrática. Las respuestas de Alejandro Llano son siempre inteligentes, pero hay que reconocer que quienes preguntan, sus discípulos, revelan un conocimiento profundo de la labor del filósofo, sagacidad y atrevimiento. No sería exagerado afirmar que este es el mejor texto divulgativo del catedrático de metafísica y no sólo porque constituye una magnífica síntesis de su pensamiento y de su trayectoria; también porque las respuestas –largas, pensadas– dejan entrever la callada labor reflexiva, nacida hace ya muchos años, y resaltan esa narrativa peculiar que, a juicio de Llano, posee el pensar filosófico.”

Publicamos a continuación una reseña de este interesante libro que ha sido escrita por Tomás Baviera Puig, Director del Colegio Mayor Universitario La Alameda, de Valencia.

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Actualmente está difundida la idea de que hablar de filosofía es algo así como un lujo, una actividad que da vistosidad pero que aporta poco a la vida. Quizá esta idea se deba a la cultura de la utilidad y de la prisa en la que vivimos, que ni promueve ni deja tiempo para reflexionar. O también se deba a la dificultad de encontrar a un maestro del verdadero arte de pensar, un filósofo con el que poder aprender a discurrir con rigor. Me parece que el libro Caminos de la filosofía es una iniciativa audaz que puede ayudar a paliar este obstáculo. No es un libro al uso, escrito por un autor que desee transmitir una serie de mensajes, sino que el texto recoge un largo coloquio de un profesor de filosofía con otros tres colegas, de un maestro con tres discípulos suyos, de un hombre al final de su carrera académica con tres amigos agradecidos por todo lo que han aprendido de él y que todavía esperan continuar bebiendo de su sabiduría.

La figura central del libro es Alejandro Llano. Técnicamente es Catedrático de Metafísica, una de las disciplinas filosóficas más abstractas. Por lo que cuenta el libro, tampoco es un catedrático al uso. Sus publicaciones reflejan una variedad de campos que trasciende la especialización académica, algo ya cada vez menos habitual en la universidad. Además de la metafísica, que es la ciencia que indaga sobre el ser y los fundamentos de la realidad, también ha cultivado otras disciplinas como la filosofía crítica de Kant, la filosofía analítica y la antropología cultural. Ahora bien, este generoso abanico de intereses cultivados con pasión enriquece sobremanera las conversaciones con este profesor. Si técnicamente Llano es catedrático, vitalmente es un gran conversador, y de ahí el acierto de este libro. Chesterton decía que pensar es relacionar cosas, y una ventaja indudable de quien sabe muchas cosas es su capacidad para descubrir relaciones interesantes que la mera especialización difícilmente alcanzará siquiera a atisbar.

A mi juicio, el libro tiene dos tipos de lectores. Quien tenga un perfil de filósofo, disfrutará de todo el libro. Con una precisión: los autores y los temas que se mencionan no son explicados propiamente, sino que son interpretados por Llano a medida que se distinguen sus puntos en común o sus divergencias de enfoque. El ponente habla de “encrucijada filosófica”, donde resulta conveniente sintetizar las aportaciones de los grandes filósofos para alcanzar cierta luz que permita avanzar por ese cruce de caminos. El bagaje recomendado no es otro que los grandes filósofos, como Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Kant, Hegel y Wittgenstein, y muchos otros pensadores como, por ejemplo, Heidegger, Geach, MacIntyre o René Girard. Las preguntas planteadas repasan la trayectoria intelectual de Llano, al hilo de sus publicaciones. En este sentido, el libro constituirá en el futuro una clave hermenéutica de gran interés para quien desee profundizar en el pensamiento de Llano.

Si el lector no tiene un perfil filosófico, es posible que se pierda en los capítulos más especializados. Sin embargo, encontrará un nivel de conversación más adecuado en el último capítulo del libro. Las cuestiones ahí planteadas tienen una mayor incidencia en la actualidad del panorama intelectual. En las páginas finales está muy presente una de las aportaciones más originales de Llano al pensamiento político, y que recogió en su libro Humanismo cívico: la renovación del ámbito público desde una participación social más involucrada y menos mediatizada. No menos interesante resultan sus reflexiones sobre el ámbito universitario, donde -en su opinión- el discurso sobre la adquisición de competencias y de conocimiento práctico ha ensombrecido lo que debería ser el alma de la universidad: una convivencia de profesores y alumnos unidos por la búsqueda de la verdad.

Si es cierto que para aprender una virtud, más que explicarla, hay que descubrirla, entonces quizá sea posible encontrar en las páginas de Camino de la filosofía un temple capaz de suscitar admiración y asombro por su hábito reflexivo. No es fácil hallar, en un ambiente intelectualmente debilitado como el que nos toca vivir, alguien con apertura y rigor de pensamiento. Con todo, Llano no ha hecho más en su vida que vivir la vocación de filósofo. La etimología de esta palabra nos revela el secreto de su vida: estamos ante un hombre que ama la verdad. Este libro es prueba fehaciente de ello.

 

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